“El beso que no te di se me ha vuelto estrella
dentro... ¡Quién lo pudiera tornar y en tu boca...—otra vez beso!”.
Así comienza el poema Tiempo, presente en Poesía Completa, edición Centenario (1902-2002) de Letras Cubanas, con prólogo de César López donde se puede disfrutar de gran parte del trabajo de creación de la escritora, o mejor dicho, una de las más sobresalientes voces de la Lengua Española de todos los tiempos: María de las Mercedes Loynaz Muñoz, conocida en el mundo de la literatura como Dulce María.
Así comienza el poema Tiempo, presente en Poesía Completa, edición Centenario (1902-2002) de Letras Cubanas, con prólogo de César López donde se puede disfrutar de gran parte del trabajo de creación de la escritora, o mejor dicho, una de las más sobresalientes voces de la Lengua Española de todos los tiempos: María de las Mercedes Loynaz Muñoz, conocida en el mundo de la literatura como Dulce María.
El libro inicia con Versos, volumen publicado por
primera vez en 1938; le sigue Versos del agua y del amor (1947), y así sucesivamente:
Poemas sin nombre (1953), Últimos días de una casa (1958), Poemas náufragos (1991),
Bestiarium (1991), Finas redes (1993), Melancolía de otoño (1997); finalizando
con Diez sonetos a Cristo (1921).
Es el amor en sus más disímiles formas una suerte de hilo de Ariadna que va guiando esta hermosa compilación. Sin proponérselo, el lector puede presenciar la evolución de una lírica inquietante tanto como desgarradora. Se evocan seres creados a través de la magia de la poesía. La Premio Cervantes recurre también al desamor, la soledad. De muchas maneras Cuba está siempre presente en su obra, debido al profundo sentimiento que le profesó.
Mucha veces se ha dicho que frente al grito doloroso de Gabriela Mistral, la indocilidad de la palabra en Delmira Agustini, la escritura inacabada de Alfonsina Storni y el tono desmedido de Juana de Ibarbourou nació en Cuba nuestra imponderable Dulce María Loynaz.
“Voy a medirme el amor con una cinta de acero: Una punta en la montaña. La otra... ¡Clávala en el viento!”.
Es el amor en sus más disímiles formas una suerte de hilo de Ariadna que va guiando esta hermosa compilación. Sin proponérselo, el lector puede presenciar la evolución de una lírica inquietante tanto como desgarradora. Se evocan seres creados a través de la magia de la poesía. La Premio Cervantes recurre también al desamor, la soledad. De muchas maneras Cuba está siempre presente en su obra, debido al profundo sentimiento que le profesó.
Mucha veces se ha dicho que frente al grito doloroso de Gabriela Mistral, la indocilidad de la palabra en Delmira Agustini, la escritura inacabada de Alfonsina Storni y el tono desmedido de Juana de Ibarbourou nació en Cuba nuestra imponderable Dulce María Loynaz.
“Voy a medirme el amor con una cinta de acero: Una punta en la montaña. La otra... ¡Clávala en el viento!”.

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