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| Foto-Miguel Moret |
Un canto lleno de nostalgia como quien mira un viejo álbum de fotos, pero sobre todo, una declaración de amor, es La Habana desaparecida,
publicado por Ediciones Boloña del prematuramente fallecido arquitecto
Francisco Bedoya Pereda. Esta obra de significativa envergadura abre sus
páginas con palabras del Doctor Eusebio Leal, y a forma de prólogo
panegírico las palabras de los arquitectos Juan Luis Morales y Orestes
M. del Castillo.
Este ejemplar transita por espacios urbanos, construcciones militares,
civiles y religiosas. Tras una investigación exhaustiva que Bedoya
iniciase en Cuba y continuara en España,
el lector encontrará un texto
pertrechado con pesquisadas cronologías aclaratorias y elaborados
dibujos de notable maestría.
Emergerán lugares como La Plaza Vieja, El Oratorio de San Felipe Neri, el Castillo de la Real Fuerza y otros que no corrieron con la suerte de trascender en el tiempo como El Teatro Principal ubicado en el extremo norte de la Alameda de Paula; El Mercado de Colón demolido en 1952, donde se edificó luego el Museo Nacional de Bellas Artes, o El Cementerio General, también conocido como Cementerio de Espada del que solo queda un trozo de muro en la calle Aramburu. Nos muestra explícitamente la evolución de sitios y edificaciones simbólicas de la ciudad.
Obras de arte como estas nos vuelven a nuestros orígenes más tangibles, nos muestran las heridas que causan los hombres y el tiempo, el valor de no olvidar de dónde venimos para saber a dónde ir.
Emergerán lugares como La Plaza Vieja, El Oratorio de San Felipe Neri, el Castillo de la Real Fuerza y otros que no corrieron con la suerte de trascender en el tiempo como El Teatro Principal ubicado en el extremo norte de la Alameda de Paula; El Mercado de Colón demolido en 1952, donde se edificó luego el Museo Nacional de Bellas Artes, o El Cementerio General, también conocido como Cementerio de Espada del que solo queda un trozo de muro en la calle Aramburu. Nos muestra explícitamente la evolución de sitios y edificaciones simbólicas de la ciudad.
Obras de arte como estas nos vuelven a nuestros orígenes más tangibles, nos muestran las heridas que causan los hombres y el tiempo, el valor de no olvidar de dónde venimos para saber a dónde ir.


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